LA RECONCILIACIÓN

01/06/2012

Jorge Hernández Fonseca

21 de Mayo de 2012

Aparentemente –y según la línea de pensamiento que defiende el Cardenal Ortega para la solución del “problema cubano”– el arreglo pasaría por un proceso de ‘reconciliación’. Es sin dudas un camino y podría ser parte de la solución. El problema es que cuando existen dos partes con posiciones tan antagónicas, y una de ellas –la dictadura castrista– continúa en una posición de fuerza contra la oposición pacífica, hay que caminar varios pasos antes de poder llegar a tal proceso.

Sobre todo, es fundamental que ambas partes reconozcan la reconciliación como el inicio de un entendimiento. Reconciliación unilateral de parte de la oposición, hacia una dictadura que no habla de ello y continúa encarcelando y usando la fuerza, es rendición.

Cuando el cardenal Ortega habla de reconciliación podría estar mostrando un camino de sometimiento a la oposición política cubana, si no consigue ser públicamente enfático al hablar de reconciliación cuando dialoga con los personeros del régimen, incluso porque esa filosofía forma parte de la doctrina cristiana que defiende y encabeza dentro de la isla. Pero antes de la oposición considerar semejante vía de entendimiento –factible como se ha dicho antes– habría que pedirle a alguno de los altos dirigentes de la dictadura castrista que hablara de reconciliación en relación a la disidencia o la oposición de dentro y fura de la isla, cosa que no ha sucedido rigurosamente ninguna vez en este más de medio siglo de dictadura pura y dura.

El llamado problema cubano tiene características muy peculiares. La dictadura castrista para nada se dispone a reconocer ‘valores’ en la oposición política nacional. El trato que exige siempre el gobierno hacia la oposición es de sumisión total, nunca de reconocimiento de errores –de parte y parte– o de negociación para compartir civilizadamente el espacio que nos brinda la República. El principio que enarbola la dictadura es: “el gobierno que tomamos por la fuerza, por la fuerza tienen que quitárnoslo”, incitando a un proceso violento, nada conciliatorio.

Por otro lado, vemos como dentro de la propia Iglesia no existe la reconciliación con aquellos católicos que decidieron libremente tomar el camino de la oposición política. Es el caso de Oswaldo Payá y su Movimiento Cristiano de Liberación. ¿Por qué Payá y su movimiento es perseguido y mal visto dentro de la Iglesia? Si hubo diferencias antes, ¿por qué no se ejerce la reconciliación con esos hermanos de religión? ¿por el simple hecho de ser opositores políticos?; si los infiltrados del sistema de espionaje castrista en la Iglesia hablan y defienden la dictadura dentro y fuera de Cuba a nombre de la iglesia, ¿por qué no puede Oswaldo Payá y su Movimiento Cristiano de Liberación hablar contra la dictadura como católicos que son?

Hay muchas preguntas como las anteriores a ser respondidas antes de querer dar lecciones de reconciliación: ¿podrá haber reconciliación unilateral de las Damas de Blanco hacia sus verdugos, que semana tras semana las apalean, apresan y maltratan?; ¿podrá haber reconciliación unilateral de parte de la familia de Orlando Zapata hacia la policía que le negó el agua y lo dejó morir cruelmente?; ¿podrá haber reconciliación unilateral de Andrés Carrión hacia el policía político disfrazado de Cruz Roja que lo golpeó cobardemente, ya dominado?

Hay adicionalmente aspectos del “problema cubano” que son de tipo netamente político. Se sabe que la dictadura castrista ha adoptado la estrategia de confrontar, dentro y fuera de la isla, a los opositores como siendo partes del gobierno norteamericano y no como realmente son, personas libres que quieren una alternativa democrática para el gobierno de la isla. No puede haber reconciliación política con quien no reconoce jurídicamente la independencia de la oposición cubana respecto a gobiernos extranjeros, EUA u otros. La base de la reconciliación debe ser el respeto. Sin respeto y con consignas falaces sobre la oposición cubana, no hay alternativas que no sea la lucha por rescatar, en cualquier campo, la dignidad opositora.

Para la alta jerarquía católica, así como para los laicos pro-castristas infiltrados en la dirección de varios órganos de prensa de la Iglesia y en la dirección de ciertas estructuras laicas católicas cubanas, la dictadura cubana es lo mejor para la sociedad de la isla, como se han cansado de repetir dentro y fuera de Cuba. Pero la oposición no piensa así y junto con ella, una mayoría del pueblo cubano y de los católicos cubanos. El hecho que la Iglesia castrista cubana llame a seguir a Raúl Castro a través de una reconciliación unilateral, no significa que la oposición acepte semejante desvarío, porque en el plano conciliatorio, el castrismo no ha propuesto rigurosamente nada. La oposición continúa así su camino para cumplir su misión de luchar por una Nación libre, democrática e independiente. Lo contrario sería traicionar la patria cubana.

Si existiera buena voluntad, todo es posible. Sobre todo, si ambas partes –oposición y gobierno– admiten que la reconciliación es el proceso que los llevará a compartir un país más civilizado. Pero continuar pregonando una reconciliación solamente de las víctimas hacia sus victimarios indolentes, de los opositores pacíficos hacia las fuerzas represivas que los apalean, de la oposición hacia una dictadura sin apertura política, es simplemente traicionar lo más sagrado que tenemos los cubanos honestos hoy en día: la dignidad de un pueblo que no se doblega ante la dictadura. Como pregonó el Apóstol, “sin patria pero sin amo”. Para los cubanos de hoy, la dignidad ante la dictadura es más sagrada que la propia religión que pregona lo contrario.

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Sobre o autor

Maurício Costa Romão é Master e Ph.D. em economia pela Universidade de Illinois, nos Estados Unidos, sendo autor de livros e de publicações em periódicos nacionais e internacionais...

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